Those Who Refuse to Become a Sacrifice Zone | Gael Guadarrama
Written by Gael Guadarrama, 2026 Winter Changemakers Fellow
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Photo by Gael Guaddarama
Those Who Refuse to Become a Sacrifice Zone
The most memorable moments from the First Conference on Transitioning Away from Fossil Fuels in Santa Marta, Colombia, happened outside the plenary rooms. I found them in conversations with Indigenous leaders, campesino organizers, and land defenders who had travelled from territories marked by oil wells, coal mines, and industrial megaprojects. Their concerns rarely fit into the polished language of climate diplomacy. They spoke about rivers that no longer sustain fishing, mountains opened for extraction, and the constant uncertainty of defending a place whose value is measured more by what lies beneath it than by the people who live there.
Those conversations lingered long after the conference ended.
International climate debates increasingly acknowledge the need to move beyond fossil fuels. The Santa Marta process itself recognized that the transition must be rooted in rights, local knowledge, and territorial realities while avoiding new forms of extractivism and dependence. Those commitments deserve recognition. Yet they also raise a harder question: why have the people living with extraction understood this for decades while international institutions are only beginning to catch up?
The answer lies in the geography of extraction.
Sacrifice zones are often described as unfortunate consequences of industrial development. That language softens what is, in fact, a deliberate political arrangement. Fossil fuel production has always concentrated its costs somewhere else. The electricity reaches distant cities. The profits circulate through financial centers. The contamination, displacement, and violence remain where extraction begins. Entire regions become expendable so that others can continue consuming energy without confronting where it comes from.
Jane Kathryn Feeney describes this process through the lens of green extractivism and armed neoliberalism in Colombia. Her work traces how resource extraction is accompanied by narratives of development and conservation while communities opposing these projects face criminalization, repression, and dispossession. Sacrifice zones emerge alongside sacrifice narratives: stories that frame environmental destruction as temporary, necessary, or simply the price of progress.The people I met in Santa Marta have learned to hear those stories before the first machine arrives.
Faced with institutions unwilling or unable to protect them, many communities have built their own forms of collective defense. The Indigenous Guard created by the Nasa people in Colombia patrols territory without weapons, drawing its authority from communal legitimacy rather than state force. In Chiapas, the Zapatistas have spent decades developing systems of autonomous governance grounded in collective decision-making and stewardship of land. Their experiences differ, yet they share a common origin: both emerged because existing political and economic institutions repeatedly failed to safeguard life.
These initiatives should not be romanticized. They exist under constant pressure. They require enormous labor, patience, and courage. Their significance lies elsewhere. They reveal what communities do when survival can no longer be delegated to governments or markets.
Climate politics often gravitates toward distant targets—2050, net zero, carbon markets, investment flows. Those conversations matter. Yet they risk obscuring the places where the consequences of extraction are already unfolding. Land defenders are not waiting for future climate scenarios. They are confronting the material realities of an economy that continues to expand through unequal exchange, asking some territories to absorb costs that others never see.
Supporting them begins closer to home than many of us imagine. Every region has organizations defending rivers, forests, coastlines, neighborhoods, or Indigenous lands from forms of dispossession that rarely receive international attention. Finding them, listening before speaking, and contributing to their work may accomplish more than another declaration drafted at a conference. The energy transition will ultimately be measured less by the technologies we deploy than by whether fewer communities are expected to become the next place the world decides can be sacrificed.
Gael Guadarrama is a student of Climate Politics and Interdisciplinary Arts at College of the Atlantic. His interests include environmental justice, intercultural dialogue, and community-led responses to social and ecological crises.
En Español
Zonas de Sacrificio
Escrito por Gael Guadarrama
Los momentos más memorables de la Primera Conferencia para la Transición Más Allá de los Combustibles Fósiles, celebrada en Santa Marta, Colombia, ocurrieron fuera de las salas plenarias. Los encontré en conversaciones con líderes indígenas, organizadores campesinos y defensores del territorio que habían viajado desde regiones marcadas por pozos petroleros, minas de carbón y megaproyectos industriales. Sus preocupaciones rara vez encajaban dentro del lenguaje sedoso de la diplomacia climática. Hablaban de ríos que ya no sostienen la pesca, de montañas abiertas por la extracción y de la incertidumbre constante que implica defender un lugar cuyo valor parece medirse más por lo que yace bajo su suelo que por las personas que lo habitan.
Esas conversaciones permanecieron conmigo mucho después de que terminara la conferencia.
Los debates internacionales sobre el clima reconocen cada vez más la necesidad de dejar atrás los combustibles fósiles. El propio proceso de Santa Marta reconoció que la transición debe fundamentarse en los derechos, los conocimientos locales y las realidades territoriales, evitando al mismo tiempo nuevas formas de extractivismo y dependencia. Esos compromisos merecen ser reconocidos. Sin embargo, también plantean una pregunta más difícil: ¿por qué las personas que viven en territorios de extracción han comprendido esto durante décadas, mientras que las instituciones internacionales apenas comienzan a ponerse al día?
La respuesta se encuentra en la geografía de la extracción.
Las zonas de sacrificio suelen describirse como consecuencias desafortunadas del desarrollo industrial. Ese lenguaje suaviza lo que, en realidad, constituye un arreglo político deliberado. La producción de combustibles fósiles siempre ha concentrado sus costos en algún otro lugar. La electricidad llega a ciudades distantes. Las ganancias circulan por los centros financieros. La contaminación, el desplazamiento y la violencia permanecen allí donde comienza la extracción. Regiones enteras se vuelven prescindibles para que otras puedan seguir consumiendo energía sin enfrentarse al lugar del que proviene.
Jane Kathryn Feeney describe este proceso a través de los conceptos de extractivismo verde y neoliberalismo armado en Colombia. Su trabajo muestra cómo la extracción de recursos va acompañada de narrativas de desarrollo y conservación, mientras que las comunidades que se oponen a estos proyectos enfrentan criminalización, represión y despojo. Las zonas de sacrificio surgen junto con narrativas de sacrificio: relatos que presentan la destrucción ambiental como algo temporal, necesario o simplemente como el precio del progreso.
Las personas que conocí en Santa Marta han aprendido a reconocer esas historias antes de que lleguen las primeras máquinas.
Frente a instituciones que no quieren o no pueden protegerlas, muchas comunidades han construido sus propias formas de defensa colectiva. La Guardia Indígena creada por el pueblo Nasa en Colombia patrulla su territorio sin armas, sustentando su autoridad en la legitimidad comunitaria más allá de la fuerza del Estado. En Chiapas, las comunidades zapatistas han dedicado décadas a desarrollar sistemas de gobierno autónomo basados en la toma de decisiones colectiva y el cuidado del territorio. Sus experiencias son distintas, pero comparten un mismo origen: ambas surgieron porque las instituciones políticas y económicas existentes fracasaron repetidamente en proteger la vida.
Estas iniciativas no deben idealizarse. Existen bajo una presión constante. Exigen enormes dosis de trabajo, paciencia y valentía. Su importancia radica en otro aspecto. Revelan lo que las comunidades hacen cuando la supervivencia ya no puede delegarse a los gobiernos ni a los mercados.
La política climática suele gravitar hacia objetivos lejanos: 2050, emisiones netas cero, mercados de carbono y flujos de inversión. Esas conversaciones son importantes. Sin embargo, también corren el riesgo de ocultar los lugares donde las consecuencias de la extracción ya se están desarrollando. Quienes defienden el territorio no esperan escenarios climáticos futuros. Enfrentan las realidades materiales de una economía que continúa expandiéndose mediante el intercambio desigual, obligando a algunos territorios a absorber costos que otros nunca llegan a ver.
Apoyar estas luchas comienza mucho más cerca de casa de lo que solemos imaginar. En cada región existen organizaciones que defienden ríos, bosques, costas, barrios o territorios indígenas frente a formas de despojo que rara vez reciben atención internacional. Encontrarlas, escuchar antes de hablar y contribuir a su trabajo puede lograr mucho más que otra declaración redactada en una conferencia. En última instancia, la transición energética se medirá menos por las tecnologías que despleguemos que por nuestra capacidad para garantizar que cada vez menos comunidades sean consideradas el próximo lugar que el mundo decide sacrificar.
Gael Guadarrama es estudiante de Política Climática y Artes Interdisciplinarias en College of the Atlantic. Sus intereses incluyen la justicia ambiental, el diálogo intercultural y las respuestas comunitarias a las crisis sociales y ecológicas.

